martes, 27 de noviembre de 2007

El evangelio de las compensaciones

El nacimiento
Magdalena le pidió que escupiera en una especie de retorta oviforme donde también ella depositó un poco de saliva. Enseguida selló el instrumento de su alquimia con una membrana vegetal y, tras calentarlo a fuego lento hasta que la vaporización hizo que se formara una vejiga, lo colocó en un armario junto a otros frascos similares pero con las bolsas desinfladas. La visión se le presentó a Jesús como una promesa, recordó los condones ahítos que suele aventar en la taza del baño, esta vez pasados por alto, y entre escéptico y humillado abrazó por la espalda a su nueva amante: tocó las clavículas, besó la nuca con incredulidad. De pronto sintió con los labios y oculto entre los cabellos un lunar tierno que lo hizo palidecer, aunque en realidad se trataba de una verruga incipiente, como la historia que cada uno empezó a fraguar.


Los padres de Jesús, por una furia del destino, se conocieron porque se llamaban María y José: él fue sodomita y ella taciturna y miope. Fueron su propio discernimiento y simplicidad las tórtolas que sacrificaron al dios de los niños recién nacidos. Jesús creció en medio de libros y tertulias homosexuales, tratando de descifrar las acechanzas que su madre representaba detrás de las puertas, mientras su padre vivía enloquecido por las caricias masculinas que la esposa añoraba. El embarazo de ella fue una auténtica obra angelical, si hemos de atender a las inclinaciones del esposo: tal vez una noche, vestida con íntimos sayales, logró seducir en duermevela a José. Y el niño se estiró y fue fortaleciéndose en la gracia de una Razón exaltada, al grado de que en su fuero interno todos llegaron a ser unos pendejos.


Sea como haya sido, nadie jamás puso en duda que al convertirse en escritor Jesús alcanzó milagrosamente su liberación, aunque sudaba al momento de pensar, pues esta actividad le resultó todo el tiempo una operación violenta. Poseía el signo de su condición cataclísmica: mirada escéptica, gotas que perlaban su barba, voz de pito y una computadora último modelo atenta al correo electrónico que habría de paliar sus inquietudes. Magdalena vivía fascinada ante la condición burguesa de su pretendiente, empezando por el hartazgo profesado ante las mentiras que le eran necesarias para vivir: admitía las reglas de la amistad siempre y cuando le resultaran útiles, no creía en la arrogancia de cierta juventud política y, muy open mind, lamentaba que en su país no hubiera destino para personas como él, tan lleno de buenas intenciones, a pesar de que tenía un sueldo generoso y un carro último modelo, casa propia y mujer bonita. En realidad ella lo consideraba un gallito arrogante al que debía exuflarle el ego y echarle a perder el matrimonio. Él vivía convencido de que las jerarquías existen, y ella criticaba sin hablar: «Si las jerarquías consistieran en que tú lo dices y yo lo acepto, el mundo sería más simple».


Magdalena es hija de un padre lánguido y una mujer de hermosura lunar de la que recuerda más la grupa expuesta al escarnio amoroso que su rostro, una mujer presa fácil de la aflicción cuando su cuerpo se veía obligado a la espera intolerable de una orden que la enloqueciera de placer. La niña creció alejada de otros de su edad, imitando posturas con un violonchelo o una viola da gamba entre las piernas, pero cuando tuvo conciencia de su fortaleza, se desprendió de los siete demonios que vivían en su corazón y salió huyendo del santuario cafetalero en el que había crecido y donde se configuró su imaginario, tan ridículo para el buen Jesús, quien sólo deseaba ver en ella a una puta hermosa que deglutía las ideas de sus amantes mediante rituales de un erotismo enloquecedor. Se imaginaba complacido, siempre y cuando ella supiera estar en silencio, lagrimeando en sus retortas o atrapando hálitos en frascos. Podía tolerarlo todo —concedía— mientras no hablara y sus gestos de serpiente sólo fueran para él. Cuerpo leve pero callado, piernas largas y vulva dulce, he aquí la imagen idílica con la que Jesús compensaba los remordimientos que tendría frente a su esposa, eso sí, sin abandonar nunca la sonrisa con la cual se afianzaba en su profesión de dudador. «A ésta me la cojo unos meses, la presumo entre mis amigos, muestro mi interés por sus extravagancias, y después me dasafano», resolvía buscando ocultar el influjo que el cuerpocosa de Magdalena, con su cabello ensortijado y manos elegantes, ejercía sobre él, mientras ella resguardaba su más íntimo deseo amoroso: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí, dichoso aquel que no halle escándalo en mí”.


Y Jesús no se escandalizó cuando se la presenté como la alquimista de las retortas cálidas, inclusive reaccionó con sentido del humor y se definió como el cuentista de la verosimilitud dudosa. Llevaba un ejemplar de su más reciente obra que, como era de esperarse, le obsequió a Magdalena con una de sus mil dedicatorias. Ella leyó el mensaje mientras pensaba en quién podría ser este sujeto cínico, vestido con saquito mostaza, lo que a su interpretación lo convertía en un intelectual lleno de reservas, de esos a los que ninguna operación mística los convence. Esa noche, mientras Jesús regalaba dedicatorias —«Aquí debería estar tu nombre», «¡Déjame cargar con el peso de tu dulce defecto!», etcétera— e ingería ron, ella adoptaba posiciones provocadoras con el fin de seducirlo en su propio terreno. La suficiencia de ambos era proverbial: bajo el influjo de la marihuana que ahí fumamos, ella se creyó el sexto arcano mayor, y no era para menos ya que su belleza era alucinante y digna de cualquier arte amatorio. Incluso llegó a afirmar que entre sus reliquias personales poseía la piedra de toque que cambia el destino de los enamorados y que a ella le había servido para conjurar una secta de hombres y mujeres felices de los que conservaba su aliento. Cualquier cosa era decible para entonces. Él, por su parte, se empeñó en leer un cuento en que hablaba de una Babel apestosa donde los maquillajes y las máscaras eran la visión más cotidiana, y además se defendió como el penúltimo existencialista, pues pensaba educar al primogénito en esta clara doctrina del espíritu y hacerlo el sucesor.

Y como el hijo del hombre es señor del sábado, a estas dos criaturas de Dios el día sexto los favoreció porque se encontraron el uno al otro con sus mutuas singularidades: ella lo invitó a su cuarto y él aceptó. La mujer se desvistió rápidamente. Su herencia lúnica, a pesar de las manchas solares del cuerpo, brilló con todo su hermetismo frente a la luz de un quinqué. Al hombre lo sorprendió el pubis albino de Magdalena, la degradación tonal en la piel del seno izquierdo, pero a cambio obtuvo una ráfaga de felicidad, inmediatamente olvidada cuando, al eyacular en su boca y sentir un raspor en el escroto, le corrió por la espalda un miedo real, que pronto fue ignorado. Lo que más le extrañó fue la ceremonia tras la coyunda: Magdalena le pidió que escupiera en una especie de retorta oviforme donde también ella depositó un poco de su saliva. Y así, un día par, se dio la crisopeya inaugural de una relación amorosa cuya bonanza estaba aún por venir.

El año de gracia
La casa de Jesús constituyó, a los ojos de Magdalena, la más grande contradicción a su incredulidad astrológica, empezando porque el número total de puertas eran doce, como los signos zodiacales o las tribus de Israel. La construcción se había hecho según las más claras reglas de la geomancia: una chimenea horadaba el techo y comunicaba con los cielos, la cisterna era parte de un sótano donde el inframundo quedaba representado, de tal modo que los habitantes venían a situarse al centro en un reconfortante edén donde una mujer, un hombre y una pareja de niños retozaban su felicidad, complacidos de que, a pesar de lo mal que estaban las cosas, ellos hubiesen encontrado algo de paz.

Por su parte, Magdalena vivía sola en una casa antigua llena de biombos. La geografía laberíntica de las alcobas resultaba como su cuerpo, repleta de espacios donde descansar o extraviarse. Las habitaciones tenían espejos cuadrados, redondos, octogonales, excepto aquella que compartía con los amantes, en la cual un espejo roto pendía del techo. Éste era el sitio sin reciprocidad: la mujer resultaba la protagonista donde los iniciados debían perderse o desistir. Por lo regular sucedía lo segundo, hasta que un día llegó Jesús, el más iracundo aunque no el más necesitado de los hombres que ahí entraron.

Había una nota atípica en Jesús, ajena a su estereotipo: era aficionado al fútbol. El juego, para el cual tenía alguna destreza, compensaba al conquistador torpe. Una y otra vez su cólera era fatigada por el movimiento de alas en las manos de Magdalena. Su mayor experiencia sexual lo insultaba y sólo venciendo el marco podía liberar sus impulsos agresivos. Llegaba el silbatazo inicial y su incredulidad, al saberla en sus brazos, lo hacía eyacular precozmente, pero el autopase eficaz por la izquierda del contrincante reconstruía su confianza. Aceptaba que la iniciativa nunca era suya, sin embargo matar el esférico con el pecho y lanzarlo al compañero libre constituía un bálsamo. Resultaba heroico no sentirse ofendido ante la cantidad de hombres que lo precedieron, y con un zapatazo lleno de coraje hacía vibrar el travesaño. El placer del toque, la prolongación, el desplazamiento con el hombro, la mentada de madre, los nervios, el quiebre, el faul, la cerveza, así renovaba su furia de conquista. Era como si su poder sobre el balón compensara su debilidad y la provocación tuviese otra vez sentido. Cuando Magdalena supo de esta afición, quiso acompañarlo, ver de qué manera convivían el filósofo y el macho. Pudo descubrir la voluptuosidad oculta de su amante cuando lo vio vendarse con parsimonia los tobillos: ajustó las espinilleras, esparció por los muslos el calor del ungüento, hizo ejercicios de calestenia. Lo vio recibir un pase filtrado, burlar al defensa y meter un gol que celebró agarrándose los genitales, con gritos de aliento y miradas furtivas. Al observarlo en su ritual, de repente estalló en ella una parte de su resistencia. Digamos que por primera vez se sintió realmente atraída, pero los recelos continuaban y no tardarían en resurgir.

La planta baja de la casa de Magdalena había sido destinada para el comercio de baratijas espirituales. Al fondo de un pasillo estaban la sala donde se leía el Tarot y las escaleras por las cuales descendían, sobrecogidos y en calidad de hombres dichosos, los amantes con más méritos, dispuestos a escuchar su suerte, pero eso sí, advertidos con esta leyenda cautelosa que flanqueaba la entrada al cuarto de las adivinanzas: “¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida?” Lucas, 12:25.

El segundo sitio maravilloso de la Maga era el jardín de la infancia. Con la puerta tapiada, accedía a él bajando descalza por los brazos de un roble. Jugaba con la tierra blanda, que esparcía por su senos, sus pantorrillas, la comisura de los dedos. Era un lugar íntimo donde Jesús la halló por accidente, al mover un biombo y descubrir esa oquedad en la pared. La vio amasar la tierra dentro de una tina hasta conseguir un cieno pegajoso donde hundió su cuerpo. Contempló su desnudez de lodo secarse al sol. La escuchó cantar con melancolía. Por unos instantes el hombre olvidó la desconfianza habitual y su corazón distraído pareció abrirse al secreto de la amante. Sin embargo, lo que en realidad pasaba era otra cosa: mientras aquel ensamble de cuerpo y arcilla alcanzaba tonalidades ocres, un recuerdo vaporoso se perfiló en Jesús: vio a su padre huyendo de unos gendarmes. Miró con claridad cómo se deslizaba, con movimientos delicados pero lleno de espanto, entre almendros y mangles que lograban ocultarlo parcialmente. Y de pronto, saltaron a su memoria las heces con que su padre se embarró piel y ropas con el fin de ahuyentar a los soldados del César, quienes le gritaban marica, y el marica les respondía salpicándolos de caca hasta que, asqueados, abandonaron la persecución en medio de amenazas: ¡Ya te agarraremos, pinche puto! Había sido la más grande hazaña masculina de José, y la refería con entusiasmo, sin ningún recato ante la presencia de su hijo, pues así afianzaba su gusto por los hombres: desde entonces disfrutó llenarles de mierda el pene y derrotar ese esplendor bélico que tan satisfechos los tenía. Y cuando Jesús regresó de aquel recuerdo, supo que el erotismo de Magdalena era su forma de recuperar un mundo ido, lacerante. Por eso la adoró, por la cadena de espíritus que los había unido durante diez minutos. A pesar de ello, con el correr de los días, ambas escenas fueron olvidadas y los resquemores volvieron.

Jesús y Magdalena comían juntos, casi sin proferir palabras, escuchando música hindú, cada uno reprochándose mentalmente su falta de valor para precipitarse en el estilo de vida del otro. Y su pasión se fue convirtiendo en un deseo de aniquilamiento: inadvertidamente buscaban sucumbir para conservar la memoria, pues por delante presentían los grandes ojos del tedio. Sin embargo, encontraron en las bacanales la mejor manera de olvidar su tibieza. Fue precisamente en una de ellas, ante unos comensales excitados, cuando pusieron sobre la mesa de las viandas sus mutuos desdenes y buscaron con insidia cazar alguna palabra de su boca. Él brindó porque ese año del dragón, precisamente el suyo —¡cómo podría ser de otra manera!—, hiciera posible la publicación de tres libros y que los astros siguieran mostrándose respetuosos del orden social en que vivía y era feliz. Magdalena se sintió por primera vez ofendida, porque tal deseo la reducía a jugar un papel muy secundario en el que ni sus menjurjes ni su artes amatorias eran valorados un poco. Por eso le sugirió que durmiera cuanto fuera posible, pues ésta era una recomendación astral muy común y de una enorme cordura, en una de esas despertaría realmente descansado, dueño de alguna compensación onírica, y podría dejar de ser el escritor que siempre va un paso atrás de lo real, imitando pobremente la vida, o tal vez llegaría a ser por fin el amante perverso que una mujer como ella estaba deseando. No obstante, la discusión no prosperó porque en ese momento caí de bruces contra el suelo, arrastrando conmigo uno de los biombos preferidos de la anfitriona, presa de convulsiones y echando espuma seca por la boca, los ojos en blanco, las manos con los dedos crispados. En medio de mis estertores alcancé a escuchar un coro de burlas que, cual serpentinas, perforaba mi cuerpo de enano, con mi voz tipluda y mi enorme cabeza, con mi pequeño tórax y mi caminar de pingüino, con la mínima porción de materia corruptible extendida a las concupiscencia de una comunidad orgiástica que pronto olvidó la arrogancia de Jesús y la vanidad de Magdalena, preocupados más por recuperar el bastidor destruido, ignorando el espectáculo inerme de un hombrecillo que durante toda su vida había buscado, pedido, llamado, y lo único que había recibido como respuesta era su condición exótica. De nada sirvió la poca fe que le sobraba, pues la vida le había quitado siempre la mitad de todo, de su cuerpo, de su alma, de sus esperanzas, sin incluir, claro, sus largos brazos. Cuando volvió en sí, yacía sobre unas colchonetas, al lado de la persiana maltrecha en que se había convertido el biombo. Sin fuerzas para incorporarse, descubrió a los amantes copulando con furia: mordían las sábanas, lamían sus pieles, golpes, jalonaduras, posiciones dolorosas e impracticadas, interjecciones impúdicas, dedos en los anos, muslos sangrantes, lentos espasmos seguidos de oscilaciones trepidantes, un encuentro de delirio frente a un enano con el cráneo tumefacto. A lo lejos, en otra parte de la casa, se escuchaban aún risas desaforadas. Acostumbrado a ese espectáculo, o a algo parecido, el pequeño guardó silencio y buscó en su memoria, esa sí grande, algunas palabras reconfortantes: «¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo acaso también el interior?» Pero la exhibición amorosa frente a él pronto lo hizo resignarse a la pobreza de este consuelo. Para colmo, oyó de los labios de su boca, la de Magdalena y Jesús, un te amo inmisericorde que lo hizo llorar hasta quedarse dormido, y soñó con la vida que le fue prometida a Lázaro frente al fariseo, y oyó del Señor la frase: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».

A partir de ese día el enano se dedicó a cazarlos, a hurgar en sus conciencias con el fin de edificar en su corazón, ese sí grande, el sepulcro donde pudiera olvidarlos y él pudiera liberarse del sortilegio que lo mantenía atado a ella, a su cuerpo, y a él, en quien no encontraba atributos suficientes para ser digno de Magdalena. Los amantes entraron en una era de voluptuosidad cursi: todo se concedían, todo se prometían y a través de sus cuerpos henchidos convocaban su pasado. Cada uno supo del otro: ella del padre homosexual, él de la madre lúbrica; él prometió dejar a su esposa, ella predijo que el día en que eso sucediera retiraría el espejo roto que colgaba encima de sus espaldas. Ambos mataron en sus corazones a sus padres y hermanos para evitar que siguieran traumatizando sus recuerdos. Y así alcanzaron el culmen de su gloria, pero no supieron fijar los límites permitidos. Durante meses alguien, escudado en su talla, los observó oculto detrás de muros plegadizos ilustrados con jaguares, emperatrices o eremitas. Lo iniciaron en el secreto de sus segundas intenciones, lo convirtieron sin querer en confidente y cómplice. Pudo ver lo que hacían y pensaban, conoció su mente lo mismo que sus cuerpos, repudió al hombre y adoró a la mujer, quien se transformó en el objeto fatalmente sugestivo para la fantasía, esa sí grande, del pequeño voyeur. Magdalena llegó a ser su presente, el objeto donde se pensaba feliz, la región amorosa donde vivían sus intenciones desde el instante en que decidió dejar de ser un hombre taimado y sin compensaciones reales.

La pasión
La gran osadía de Jesús, el síntoma de su pasión desbordada, fue invitar a Magdalena a su propia casa. Un viernes celebraban que Chuchín, como lo llamaba su esposa, había sido nombrado jefe de redacción en una importante revista de literatura y política, la cual amenazaba con llegar a ser empresa editorial, y por tanto muy pronto sería reconocido como un gran promotor de la cultura, como el editor que vino a revolucionar el panorama de las letras contemporáneas, amen de los méritos que como poeta poseía.

La sorpresa púdica que causó en los invitados ver entrar a una Maga Esbelta junto a un Liliputiense Despectivo y caminar de pato se reflejó en el rostro de la anfitriona como un reproche de miradas al festejado, quien ignoró el mensaje y saludó con un beso en la mejilla a su amante. Por un momento se me ocurrió que la presentaría como la alquimista de las retortas cálidas, pero únicamente dijo: Magdalena, quien al no desconocer las reglas elementales de cortesía, se esforzó por alabar la casa, lo acogedora que estaba, una mezcla de elegancia, magia y funcionalidad que le venían muy bien. Con esto los recelos de la anfitriona menguaron y, dominando un poco la pena que le causaba el escote de Sibila, repuso que sí, que era la casa con la que siempre había soñado, aunque existiera un lugar que le estuviera prohibido: el estudio de su esposo, de donde lo único que se dejaba escuchar ocasionalmente era el aviso de mensajes en el buzón electrónico: no dudo que se trate de sus fans, ¡lo que una tiene que hacer por vivir con una celebridad!, remató buscando el asentimiento femenino de la Maga, pero ella no respondió al llamado pues había descubierto con regocijo el impacto que su imagen causaba en el hijo de su amante: el niño no despegaba la mirada del diminuto abanico rojo que la Maga ofrecía extendido sobre el pecho y sujeto al broche oculto del brasier, como surgido de regiones asequibles pero peligrosas, expresión de un erotismo travieso que abultó sin discreción la bragueta del infante y a los hombres los hizo sonreír con inquietud.

Cuando la cena fue servida, una mujer quiso desviar la atención descarada que los hombres prestaban a Magdalena y alabó la fabulosa presentación de los platillos. La esposa de Jesús encontró en esto la ocasión para lucirse y competir con la Maga en otro terreno. Yo quería —dijo— hacer mi clásico filete Xóchitl, pero Chucho quiso algo más universal, que proyectara de alguna forma la suerte que esperaba con su nuevo cargo, así que preparé esto... Entonces, las mujeres, con un pretexto entre las manos, le pidieron la receta, y la incauta procedió a darla sin notar la mirada embrujada que su hijo mantenía en las clavículas de Sibila: la base —exponía— es un espejo en galantina de res, sobre éste, montado al centro, una lonja de paté de foie-gras y tres o más patos de melón rosado; como ustedes pueden ver, se acompaña con croutones de pan en forma también de patitos que deben servirse tibios y en un canasto. Yo no había reparado en esto hasta que lo dijo, justo en el momento en que me llevaba uno a la boca, y por eso recordé aquella historia donde los habitantes de un país desaparecen víctimas de una epidemia de autofagia. La verdad, lo de los patitos era un exceso: muchos habríamos preferido el filete xóchitl.

Un escabel para mis pies me hizo sentir muy cómodo. Sin duda estaba colocado ahí para la hija de Jesús, pero, por acuerdo tácito entre los comensales, lo destinaron para mí, para que mis piernas tuvieran un descanso y no pendularan ridículamente. Sin embargo, esto me consagró como el centro de atención de la pequeña, quien me desnudó con su gesto sorprendido, no sé si por haber usurpado su silla o porque nunca había visto a adultos tan chicos. Dos cuerpos atractivos, aunque por diversas razones, habían sido descubiertos por la mirada obscena de niños sanos y felices. Dos cuerpos graciosos que se mantenían en silencio para no evidenciar sus deseos, sus perspectivas rotas: todos, excepto tres de los que estábamos ahí, tenían hilillos de fantoches, y se movían con naturalidad, y hablaban libremente de sus vidas, sus proyectos, sus triunfos. Y el vino era cómplice de esos sentimientos, de la anestesia momentánea del corazón. Pero la risa corrige siempre los sueños de los distraídos: la niña comenzó a hacer preguntas que trajeron consigo bochornos y evasivas. Quería saber si yo era niño o señor. Y la madre, tan sensible y civilizada, le explicó que yo era un adulto, pero pequeñito.

—¿Y por qué?
—Porque a veces así son las cosas.

El ¡ah! de la niña expresaba que no había sido convencida, y el ya no preguntes más la decencia de la mujer.

—Nos llaman enanos, y somos personas olvidadas por Dios, productos del diablo, que les va a jalar las patas a todos estos hipócritas, le grité a la niña para escándalo de la reunión.

La pequeña lloró sin quitarme la vista de encima. Y como yo no quería dejar duda sobre lo afirmado, ahí mismo caí epiléptico: mi cuerpo en síncope y anhelante, con la mirada estrábica, esparció una orina fétida y lenta hasta los pies de la pequeña, sin duda rescatada por una madre que decidió no comprender esas amistades del esposo, tipos estrafalarios que nunca debieron entrar a un hogar santo a perturbar el idilio infantil y a tentar a hombres casados. Pero Magdalena no toleró la humillación ni la impiedad y condenó a los hombres que ahí se decían felices y, en un rapto de Maga Ofendida, dirigiéndose a Jesús, descubriendo sus pechos frente al pequeño de ocho años, a quien obsequió el abanico, prometió bianaventuranza a los pobres y a los tullidos y los que quisieran seguirla por vía de la humillación, pues sólo el que se humillara podría tener su cuerpo a partir de ese día. La esposa no entendió nada, le dijo loca y la corrió, pero Jesús dijo no te vayas. Las mujeres insistieron: ¡sí, que se larguen!, y Jesús dijo: yo los llevo... Me cargó con mi cuerpo orinado. Parecía la cruz de su calvario, de su pasión, y debía arrastrar conmigo si deseaba ser escogido por la Maga. Se abrió paso entre los hombres y mujeres que ahí se decían felices, y juntos, los tres, salimos ante el estupor de una familia que ahí se supo feliz, en un edén donde se fraguó la segunda parte de mi destino, siempre compuesto de mitades.

Cuando recuperé la noción del tiempo, estaba en el tálamo de Magdalena. Lo primero que vi fue el espejo roto que giraba con pereza. Entonces descubrí a Jesús crucificado al tambor de una cama, frente al armario de las vejigas, desnudo, con manos y pies atados. Una corona de espinas en la cabeza. Del pene escurría un poco de semen sanguinolento. Mi primera reacción fue de espanto. Por un momento dudé si no se trataría de una pesadilla, pero no quise saberlo pues tuve un segundo descubrimiento: la Maga, completamente calva, tendida sobre sus cabellos, jadeante. Como pude, me arrastré hacia ella e intenté tocarla, pero me rechazó. Dos noches y un día observé cómo le hacía el amor al Cristo crucificado y cómo volvía a recostarse sobre sus cabellos. Eccehomo agonizaba en su sexo, en el mar de caricias y suplicios que le prodigaba su amante. Pero al despuntar el alba de un lunes, el Cristo en cruz me dijo: “Yo te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso.” No resistí más el espectáculo y le supliqué a la Maga: “¿Por qué no repartes un poco de tus dones conmigo? ¿Por qué esa necedad cuando esta misma noche te pueden reclamar el alma? ¿Por qué atesoras tu cuerpo y sólo lo compartes con los que son como tú, fariseos hermosos cuya única virtud es ser iguales a los demás? Y la Bruja se conmovió y con lágrimas en su boca dio un beso dulce al enano y permitió que le chupara los párpados, y ninguna mueca de asco asomó a su rostro. El hombrecillo se desprendió de sus ropas que fueron a mezclarse con los caireles de Magdalena. Posó su cuerpo sobre el de ella, que musitó: “Vente pequeño, hazme el amor con esos estertores, humedéceme con tu saliva involuntaria, pierde la conciencia dentro de mí.” Las manos de ella tocaron la espalda informe del amante. Él la penetró con desesperación y con su pene, como no creyendo lo que sucedía. Y en ese instante ella exultó un ¡ah! entre placentero y doloroso. Ante las ondulaciones nerviosas que semejaban espasmos, ella resolvió abrazarlo con sus piernas y besarle la coronilla de la cabeza, pues la boca enana no llegaba hasta la suya. Mordió los cabellos hirsutos de él y contempló al crucificado, al amante vencido que presenciaba el espectáculo. Con un miedo real recorriéndome la espalda, me vine justo en el momento en que Cristo expiraba en la cruz diciendo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu.” Pero no se refería al señor de los cielos sino a su progenitor, a quien recordó en el último instante, como si la liberación hubiera de llegar para todos. Magdalena, por su parte, alcanzaba un orgasmo como cualquier otro, con golpes de pecho y el cuello enrojecido con las venas inflamadas. La misericordia le permitió hallar al amante perverso que tanto había esperado. Y lo abrazó con sus gemidos, y su colección de vejigas la apoyó en una sucesión de explosiones diminutas que le recordaron, con una sonrisa diáfana, las grupas rosadas de su madre: algo al fin había quedado resuelto.

Así estaba escrito, que Jesús padeciera y se levantara de entre los escombros de su amor inmenso para que el más diminuto de sus apóstoles predicara el evangelio de su nombre y todos supiéramos cómo llegó a ser el que es... «Vosotros sois testigos de estas cosas», y si no, leed el evangelio.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

TE CONVERTISTE EN BLOGERO FER!!
TENIA MUCHO QUE NO LEIA ALGO TUYO Y PUES AHORA VOY A SER VISITANTE DE TU BLOG.
SALUDOS Y UN BESOTE

Anónimo dijo...

Excelente narrador, como es tu costumbre, abrumas con tu capacidad de síntesis y descripción. Gracias por compartir tu prosa. Saludos, Ernesto Olvera.