martes, 27 de noviembre de 2007

El evangelio de las compensaciones

El nacimiento
Magdalena le pidió que escupiera en una especie de retorta oviforme donde también ella depositó un poco de saliva. Enseguida selló el instrumento de su alquimia con una membrana vegetal y, tras calentarlo a fuego lento hasta que la vaporización hizo que se formara una vejiga, lo colocó en un armario junto a otros frascos similares pero con las bolsas desinfladas. La visión se le presentó a Jesús como una promesa, recordó los condones ahítos que suele aventar en la taza del baño, esta vez pasados por alto, y entre escéptico y humillado abrazó por la espalda a su nueva amante: tocó las clavículas, besó la nuca con incredulidad. De pronto sintió con los labios y oculto entre los cabellos un lunar tierno que lo hizo palidecer, aunque en realidad se trataba de una verruga incipiente, como la historia que cada uno empezó a fraguar.


Los padres de Jesús, por una furia del destino, se conocieron porque se llamaban María y José: él fue sodomita y ella taciturna y miope. Fueron su propio discernimiento y simplicidad las tórtolas que sacrificaron al dios de los niños recién nacidos. Jesús creció en medio de libros y tertulias homosexuales, tratando de descifrar las acechanzas que su madre representaba detrás de las puertas, mientras su padre vivía enloquecido por las caricias masculinas que la esposa añoraba. El embarazo de ella fue una auténtica obra angelical, si hemos de atender a las inclinaciones del esposo: tal vez una noche, vestida con íntimos sayales, logró seducir en duermevela a José. Y el niño se estiró y fue fortaleciéndose en la gracia de una Razón exaltada, al grado de que en su fuero interno todos llegaron a ser unos pendejos.


Sea como haya sido, nadie jamás puso en duda que al convertirse en escritor Jesús alcanzó milagrosamente su liberación, aunque sudaba al momento de pensar, pues esta actividad le resultó todo el tiempo una operación violenta. Poseía el signo de su condición cataclísmica: mirada escéptica, gotas que perlaban su barba, voz de pito y una computadora último modelo atenta al correo electrónico que habría de paliar sus inquietudes. Magdalena vivía fascinada ante la condición burguesa de su pretendiente, empezando por el hartazgo profesado ante las mentiras que le eran necesarias para vivir: admitía las reglas de la amistad siempre y cuando le resultaran útiles, no creía en la arrogancia de cierta juventud política y, muy open mind, lamentaba que en su país no hubiera destino para personas como él, tan lleno de buenas intenciones, a pesar de que tenía un sueldo generoso y un carro último modelo, casa propia y mujer bonita. En realidad ella lo consideraba un gallito arrogante al que debía exuflarle el ego y echarle a perder el matrimonio. Él vivía convencido de que las jerarquías existen, y ella criticaba sin hablar: «Si las jerarquías consistieran en que tú lo dices y yo lo acepto, el mundo sería más simple».


Magdalena es hija de un padre lánguido y una mujer de hermosura lunar de la que recuerda más la grupa expuesta al escarnio amoroso que su rostro, una mujer presa fácil de la aflicción cuando su cuerpo se veía obligado a la espera intolerable de una orden que la enloqueciera de placer. La niña creció alejada de otros de su edad, imitando posturas con un violonchelo o una viola da gamba entre las piernas, pero cuando tuvo conciencia de su fortaleza, se desprendió de los siete demonios que vivían en su corazón y salió huyendo del santuario cafetalero en el que había crecido y donde se configuró su imaginario, tan ridículo para el buen Jesús, quien sólo deseaba ver en ella a una puta hermosa que deglutía las ideas de sus amantes mediante rituales de un erotismo enloquecedor. Se imaginaba complacido, siempre y cuando ella supiera estar en silencio, lagrimeando en sus retortas o atrapando hálitos en frascos. Podía tolerarlo todo —concedía— mientras no hablara y sus gestos de serpiente sólo fueran para él. Cuerpo leve pero callado, piernas largas y vulva dulce, he aquí la imagen idílica con la que Jesús compensaba los remordimientos que tendría frente a su esposa, eso sí, sin abandonar nunca la sonrisa con la cual se afianzaba en su profesión de dudador. «A ésta me la cojo unos meses, la presumo entre mis amigos, muestro mi interés por sus extravagancias, y después me dasafano», resolvía buscando ocultar el influjo que el cuerpocosa de Magdalena, con su cabello ensortijado y manos elegantes, ejercía sobre él, mientras ella resguardaba su más íntimo deseo amoroso: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí, dichoso aquel que no halle escándalo en mí”.


Y Jesús no se escandalizó cuando se la presenté como la alquimista de las retortas cálidas, inclusive reaccionó con sentido del humor y se definió como el cuentista de la verosimilitud dudosa. Llevaba un ejemplar de su más reciente obra que, como era de esperarse, le obsequió a Magdalena con una de sus mil dedicatorias. Ella leyó el mensaje mientras pensaba en quién podría ser este sujeto cínico, vestido con saquito mostaza, lo que a su interpretación lo convertía en un intelectual lleno de reservas, de esos a los que ninguna operación mística los convence. Esa noche, mientras Jesús regalaba dedicatorias —«Aquí debería estar tu nombre», «¡Déjame cargar con el peso de tu dulce defecto!», etcétera— e ingería ron, ella adoptaba posiciones provocadoras con el fin de seducirlo en su propio terreno. La suficiencia de ambos era proverbial: bajo el influjo de la marihuana que ahí fumamos, ella se creyó el sexto arcano mayor, y no era para menos ya que su belleza era alucinante y digna de cualquier arte amatorio. Incluso llegó a afirmar que entre sus reliquias personales poseía la piedra de toque que cambia el destino de los enamorados y que a ella le había servido para conjurar una secta de hombres y mujeres felices de los que conservaba su aliento. Cualquier cosa era decible para entonces. Él, por su parte, se empeñó en leer un cuento en que hablaba de una Babel apestosa donde los maquillajes y las máscaras eran la visión más cotidiana, y además se defendió como el penúltimo existencialista, pues pensaba educar al primogénito en esta clara doctrina del espíritu y hacerlo el sucesor.

Y como el hijo del hombre es señor del sábado, a estas dos criaturas de Dios el día sexto los favoreció porque se encontraron el uno al otro con sus mutuas singularidades: ella lo invitó a su cuarto y él aceptó. La mujer se desvistió rápidamente. Su herencia lúnica, a pesar de las manchas solares del cuerpo, brilló con todo su hermetismo frente a la luz de un quinqué. Al hombre lo sorprendió el pubis albino de Magdalena, la degradación tonal en la piel del seno izquierdo, pero a cambio obtuvo una ráfaga de felicidad, inmediatamente olvidada cuando, al eyacular en su boca y sentir un raspor en el escroto, le corrió por la espalda un miedo real, que pronto fue ignorado. Lo que más le extrañó fue la ceremonia tras la coyunda: Magdalena le pidió que escupiera en una especie de retorta oviforme donde también ella depositó un poco de su saliva. Y así, un día par, se dio la crisopeya inaugural de una relación amorosa cuya bonanza estaba aún por venir.

El año de gracia
La casa de Jesús constituyó, a los ojos de Magdalena, la más grande contradicción a su incredulidad astrológica, empezando porque el número total de puertas eran doce, como los signos zodiacales o las tribus de Israel. La construcción se había hecho según las más claras reglas de la geomancia: una chimenea horadaba el techo y comunicaba con los cielos, la cisterna era parte de un sótano donde el inframundo quedaba representado, de tal modo que los habitantes venían a situarse al centro en un reconfortante edén donde una mujer, un hombre y una pareja de niños retozaban su felicidad, complacidos de que, a pesar de lo mal que estaban las cosas, ellos hubiesen encontrado algo de paz.

Por su parte, Magdalena vivía sola en una casa antigua llena de biombos. La geografía laberíntica de las alcobas resultaba como su cuerpo, repleta de espacios donde descansar o extraviarse. Las habitaciones tenían espejos cuadrados, redondos, octogonales, excepto aquella que compartía con los amantes, en la cual un espejo roto pendía del techo. Éste era el sitio sin reciprocidad: la mujer resultaba la protagonista donde los iniciados debían perderse o desistir. Por lo regular sucedía lo segundo, hasta que un día llegó Jesús, el más iracundo aunque no el más necesitado de los hombres que ahí entraron.

Había una nota atípica en Jesús, ajena a su estereotipo: era aficionado al fútbol. El juego, para el cual tenía alguna destreza, compensaba al conquistador torpe. Una y otra vez su cólera era fatigada por el movimiento de alas en las manos de Magdalena. Su mayor experiencia sexual lo insultaba y sólo venciendo el marco podía liberar sus impulsos agresivos. Llegaba el silbatazo inicial y su incredulidad, al saberla en sus brazos, lo hacía eyacular precozmente, pero el autopase eficaz por la izquierda del contrincante reconstruía su confianza. Aceptaba que la iniciativa nunca era suya, sin embargo matar el esférico con el pecho y lanzarlo al compañero libre constituía un bálsamo. Resultaba heroico no sentirse ofendido ante la cantidad de hombres que lo precedieron, y con un zapatazo lleno de coraje hacía vibrar el travesaño. El placer del toque, la prolongación, el desplazamiento con el hombro, la mentada de madre, los nervios, el quiebre, el faul, la cerveza, así renovaba su furia de conquista. Era como si su poder sobre el balón compensara su debilidad y la provocación tuviese otra vez sentido. Cuando Magdalena supo de esta afición, quiso acompañarlo, ver de qué manera convivían el filósofo y el macho. Pudo descubrir la voluptuosidad oculta de su amante cuando lo vio vendarse con parsimonia los tobillos: ajustó las espinilleras, esparció por los muslos el calor del ungüento, hizo ejercicios de calestenia. Lo vio recibir un pase filtrado, burlar al defensa y meter un gol que celebró agarrándose los genitales, con gritos de aliento y miradas furtivas. Al observarlo en su ritual, de repente estalló en ella una parte de su resistencia. Digamos que por primera vez se sintió realmente atraída, pero los recelos continuaban y no tardarían en resurgir.

La planta baja de la casa de Magdalena había sido destinada para el comercio de baratijas espirituales. Al fondo de un pasillo estaban la sala donde se leía el Tarot y las escaleras por las cuales descendían, sobrecogidos y en calidad de hombres dichosos, los amantes con más méritos, dispuestos a escuchar su suerte, pero eso sí, advertidos con esta leyenda cautelosa que flanqueaba la entrada al cuarto de las adivinanzas: “¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida?” Lucas, 12:25.

El segundo sitio maravilloso de la Maga era el jardín de la infancia. Con la puerta tapiada, accedía a él bajando descalza por los brazos de un roble. Jugaba con la tierra blanda, que esparcía por su senos, sus pantorrillas, la comisura de los dedos. Era un lugar íntimo donde Jesús la halló por accidente, al mover un biombo y descubrir esa oquedad en la pared. La vio amasar la tierra dentro de una tina hasta conseguir un cieno pegajoso donde hundió su cuerpo. Contempló su desnudez de lodo secarse al sol. La escuchó cantar con melancolía. Por unos instantes el hombre olvidó la desconfianza habitual y su corazón distraído pareció abrirse al secreto de la amante. Sin embargo, lo que en realidad pasaba era otra cosa: mientras aquel ensamble de cuerpo y arcilla alcanzaba tonalidades ocres, un recuerdo vaporoso se perfiló en Jesús: vio a su padre huyendo de unos gendarmes. Miró con claridad cómo se deslizaba, con movimientos delicados pero lleno de espanto, entre almendros y mangles que lograban ocultarlo parcialmente. Y de pronto, saltaron a su memoria las heces con que su padre se embarró piel y ropas con el fin de ahuyentar a los soldados del César, quienes le gritaban marica, y el marica les respondía salpicándolos de caca hasta que, asqueados, abandonaron la persecución en medio de amenazas: ¡Ya te agarraremos, pinche puto! Había sido la más grande hazaña masculina de José, y la refería con entusiasmo, sin ningún recato ante la presencia de su hijo, pues así afianzaba su gusto por los hombres: desde entonces disfrutó llenarles de mierda el pene y derrotar ese esplendor bélico que tan satisfechos los tenía. Y cuando Jesús regresó de aquel recuerdo, supo que el erotismo de Magdalena era su forma de recuperar un mundo ido, lacerante. Por eso la adoró, por la cadena de espíritus que los había unido durante diez minutos. A pesar de ello, con el correr de los días, ambas escenas fueron olvidadas y los resquemores volvieron.

Jesús y Magdalena comían juntos, casi sin proferir palabras, escuchando música hindú, cada uno reprochándose mentalmente su falta de valor para precipitarse en el estilo de vida del otro. Y su pasión se fue convirtiendo en un deseo de aniquilamiento: inadvertidamente buscaban sucumbir para conservar la memoria, pues por delante presentían los grandes ojos del tedio. Sin embargo, encontraron en las bacanales la mejor manera de olvidar su tibieza. Fue precisamente en una de ellas, ante unos comensales excitados, cuando pusieron sobre la mesa de las viandas sus mutuos desdenes y buscaron con insidia cazar alguna palabra de su boca. Él brindó porque ese año del dragón, precisamente el suyo —¡cómo podría ser de otra manera!—, hiciera posible la publicación de tres libros y que los astros siguieran mostrándose respetuosos del orden social en que vivía y era feliz. Magdalena se sintió por primera vez ofendida, porque tal deseo la reducía a jugar un papel muy secundario en el que ni sus menjurjes ni su artes amatorias eran valorados un poco. Por eso le sugirió que durmiera cuanto fuera posible, pues ésta era una recomendación astral muy común y de una enorme cordura, en una de esas despertaría realmente descansado, dueño de alguna compensación onírica, y podría dejar de ser el escritor que siempre va un paso atrás de lo real, imitando pobremente la vida, o tal vez llegaría a ser por fin el amante perverso que una mujer como ella estaba deseando. No obstante, la discusión no prosperó porque en ese momento caí de bruces contra el suelo, arrastrando conmigo uno de los biombos preferidos de la anfitriona, presa de convulsiones y echando espuma seca por la boca, los ojos en blanco, las manos con los dedos crispados. En medio de mis estertores alcancé a escuchar un coro de burlas que, cual serpentinas, perforaba mi cuerpo de enano, con mi voz tipluda y mi enorme cabeza, con mi pequeño tórax y mi caminar de pingüino, con la mínima porción de materia corruptible extendida a las concupiscencia de una comunidad orgiástica que pronto olvidó la arrogancia de Jesús y la vanidad de Magdalena, preocupados más por recuperar el bastidor destruido, ignorando el espectáculo inerme de un hombrecillo que durante toda su vida había buscado, pedido, llamado, y lo único que había recibido como respuesta era su condición exótica. De nada sirvió la poca fe que le sobraba, pues la vida le había quitado siempre la mitad de todo, de su cuerpo, de su alma, de sus esperanzas, sin incluir, claro, sus largos brazos. Cuando volvió en sí, yacía sobre unas colchonetas, al lado de la persiana maltrecha en que se había convertido el biombo. Sin fuerzas para incorporarse, descubrió a los amantes copulando con furia: mordían las sábanas, lamían sus pieles, golpes, jalonaduras, posiciones dolorosas e impracticadas, interjecciones impúdicas, dedos en los anos, muslos sangrantes, lentos espasmos seguidos de oscilaciones trepidantes, un encuentro de delirio frente a un enano con el cráneo tumefacto. A lo lejos, en otra parte de la casa, se escuchaban aún risas desaforadas. Acostumbrado a ese espectáculo, o a algo parecido, el pequeño guardó silencio y buscó en su memoria, esa sí grande, algunas palabras reconfortantes: «¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo acaso también el interior?» Pero la exhibición amorosa frente a él pronto lo hizo resignarse a la pobreza de este consuelo. Para colmo, oyó de los labios de su boca, la de Magdalena y Jesús, un te amo inmisericorde que lo hizo llorar hasta quedarse dormido, y soñó con la vida que le fue prometida a Lázaro frente al fariseo, y oyó del Señor la frase: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».

A partir de ese día el enano se dedicó a cazarlos, a hurgar en sus conciencias con el fin de edificar en su corazón, ese sí grande, el sepulcro donde pudiera olvidarlos y él pudiera liberarse del sortilegio que lo mantenía atado a ella, a su cuerpo, y a él, en quien no encontraba atributos suficientes para ser digno de Magdalena. Los amantes entraron en una era de voluptuosidad cursi: todo se concedían, todo se prometían y a través de sus cuerpos henchidos convocaban su pasado. Cada uno supo del otro: ella del padre homosexual, él de la madre lúbrica; él prometió dejar a su esposa, ella predijo que el día en que eso sucediera retiraría el espejo roto que colgaba encima de sus espaldas. Ambos mataron en sus corazones a sus padres y hermanos para evitar que siguieran traumatizando sus recuerdos. Y así alcanzaron el culmen de su gloria, pero no supieron fijar los límites permitidos. Durante meses alguien, escudado en su talla, los observó oculto detrás de muros plegadizos ilustrados con jaguares, emperatrices o eremitas. Lo iniciaron en el secreto de sus segundas intenciones, lo convirtieron sin querer en confidente y cómplice. Pudo ver lo que hacían y pensaban, conoció su mente lo mismo que sus cuerpos, repudió al hombre y adoró a la mujer, quien se transformó en el objeto fatalmente sugestivo para la fantasía, esa sí grande, del pequeño voyeur. Magdalena llegó a ser su presente, el objeto donde se pensaba feliz, la región amorosa donde vivían sus intenciones desde el instante en que decidió dejar de ser un hombre taimado y sin compensaciones reales.

La pasión
La gran osadía de Jesús, el síntoma de su pasión desbordada, fue invitar a Magdalena a su propia casa. Un viernes celebraban que Chuchín, como lo llamaba su esposa, había sido nombrado jefe de redacción en una importante revista de literatura y política, la cual amenazaba con llegar a ser empresa editorial, y por tanto muy pronto sería reconocido como un gran promotor de la cultura, como el editor que vino a revolucionar el panorama de las letras contemporáneas, amen de los méritos que como poeta poseía.

La sorpresa púdica que causó en los invitados ver entrar a una Maga Esbelta junto a un Liliputiense Despectivo y caminar de pato se reflejó en el rostro de la anfitriona como un reproche de miradas al festejado, quien ignoró el mensaje y saludó con un beso en la mejilla a su amante. Por un momento se me ocurrió que la presentaría como la alquimista de las retortas cálidas, pero únicamente dijo: Magdalena, quien al no desconocer las reglas elementales de cortesía, se esforzó por alabar la casa, lo acogedora que estaba, una mezcla de elegancia, magia y funcionalidad que le venían muy bien. Con esto los recelos de la anfitriona menguaron y, dominando un poco la pena que le causaba el escote de Sibila, repuso que sí, que era la casa con la que siempre había soñado, aunque existiera un lugar que le estuviera prohibido: el estudio de su esposo, de donde lo único que se dejaba escuchar ocasionalmente era el aviso de mensajes en el buzón electrónico: no dudo que se trate de sus fans, ¡lo que una tiene que hacer por vivir con una celebridad!, remató buscando el asentimiento femenino de la Maga, pero ella no respondió al llamado pues había descubierto con regocijo el impacto que su imagen causaba en el hijo de su amante: el niño no despegaba la mirada del diminuto abanico rojo que la Maga ofrecía extendido sobre el pecho y sujeto al broche oculto del brasier, como surgido de regiones asequibles pero peligrosas, expresión de un erotismo travieso que abultó sin discreción la bragueta del infante y a los hombres los hizo sonreír con inquietud.

Cuando la cena fue servida, una mujer quiso desviar la atención descarada que los hombres prestaban a Magdalena y alabó la fabulosa presentación de los platillos. La esposa de Jesús encontró en esto la ocasión para lucirse y competir con la Maga en otro terreno. Yo quería —dijo— hacer mi clásico filete Xóchitl, pero Chucho quiso algo más universal, que proyectara de alguna forma la suerte que esperaba con su nuevo cargo, así que preparé esto... Entonces, las mujeres, con un pretexto entre las manos, le pidieron la receta, y la incauta procedió a darla sin notar la mirada embrujada que su hijo mantenía en las clavículas de Sibila: la base —exponía— es un espejo en galantina de res, sobre éste, montado al centro, una lonja de paté de foie-gras y tres o más patos de melón rosado; como ustedes pueden ver, se acompaña con croutones de pan en forma también de patitos que deben servirse tibios y en un canasto. Yo no había reparado en esto hasta que lo dijo, justo en el momento en que me llevaba uno a la boca, y por eso recordé aquella historia donde los habitantes de un país desaparecen víctimas de una epidemia de autofagia. La verdad, lo de los patitos era un exceso: muchos habríamos preferido el filete xóchitl.

Un escabel para mis pies me hizo sentir muy cómodo. Sin duda estaba colocado ahí para la hija de Jesús, pero, por acuerdo tácito entre los comensales, lo destinaron para mí, para que mis piernas tuvieran un descanso y no pendularan ridículamente. Sin embargo, esto me consagró como el centro de atención de la pequeña, quien me desnudó con su gesto sorprendido, no sé si por haber usurpado su silla o porque nunca había visto a adultos tan chicos. Dos cuerpos atractivos, aunque por diversas razones, habían sido descubiertos por la mirada obscena de niños sanos y felices. Dos cuerpos graciosos que se mantenían en silencio para no evidenciar sus deseos, sus perspectivas rotas: todos, excepto tres de los que estábamos ahí, tenían hilillos de fantoches, y se movían con naturalidad, y hablaban libremente de sus vidas, sus proyectos, sus triunfos. Y el vino era cómplice de esos sentimientos, de la anestesia momentánea del corazón. Pero la risa corrige siempre los sueños de los distraídos: la niña comenzó a hacer preguntas que trajeron consigo bochornos y evasivas. Quería saber si yo era niño o señor. Y la madre, tan sensible y civilizada, le explicó que yo era un adulto, pero pequeñito.

—¿Y por qué?
—Porque a veces así son las cosas.

El ¡ah! de la niña expresaba que no había sido convencida, y el ya no preguntes más la decencia de la mujer.

—Nos llaman enanos, y somos personas olvidadas por Dios, productos del diablo, que les va a jalar las patas a todos estos hipócritas, le grité a la niña para escándalo de la reunión.

La pequeña lloró sin quitarme la vista de encima. Y como yo no quería dejar duda sobre lo afirmado, ahí mismo caí epiléptico: mi cuerpo en síncope y anhelante, con la mirada estrábica, esparció una orina fétida y lenta hasta los pies de la pequeña, sin duda rescatada por una madre que decidió no comprender esas amistades del esposo, tipos estrafalarios que nunca debieron entrar a un hogar santo a perturbar el idilio infantil y a tentar a hombres casados. Pero Magdalena no toleró la humillación ni la impiedad y condenó a los hombres que ahí se decían felices y, en un rapto de Maga Ofendida, dirigiéndose a Jesús, descubriendo sus pechos frente al pequeño de ocho años, a quien obsequió el abanico, prometió bianaventuranza a los pobres y a los tullidos y los que quisieran seguirla por vía de la humillación, pues sólo el que se humillara podría tener su cuerpo a partir de ese día. La esposa no entendió nada, le dijo loca y la corrió, pero Jesús dijo no te vayas. Las mujeres insistieron: ¡sí, que se larguen!, y Jesús dijo: yo los llevo... Me cargó con mi cuerpo orinado. Parecía la cruz de su calvario, de su pasión, y debía arrastrar conmigo si deseaba ser escogido por la Maga. Se abrió paso entre los hombres y mujeres que ahí se decían felices, y juntos, los tres, salimos ante el estupor de una familia que ahí se supo feliz, en un edén donde se fraguó la segunda parte de mi destino, siempre compuesto de mitades.

Cuando recuperé la noción del tiempo, estaba en el tálamo de Magdalena. Lo primero que vi fue el espejo roto que giraba con pereza. Entonces descubrí a Jesús crucificado al tambor de una cama, frente al armario de las vejigas, desnudo, con manos y pies atados. Una corona de espinas en la cabeza. Del pene escurría un poco de semen sanguinolento. Mi primera reacción fue de espanto. Por un momento dudé si no se trataría de una pesadilla, pero no quise saberlo pues tuve un segundo descubrimiento: la Maga, completamente calva, tendida sobre sus cabellos, jadeante. Como pude, me arrastré hacia ella e intenté tocarla, pero me rechazó. Dos noches y un día observé cómo le hacía el amor al Cristo crucificado y cómo volvía a recostarse sobre sus cabellos. Eccehomo agonizaba en su sexo, en el mar de caricias y suplicios que le prodigaba su amante. Pero al despuntar el alba de un lunes, el Cristo en cruz me dijo: “Yo te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso.” No resistí más el espectáculo y le supliqué a la Maga: “¿Por qué no repartes un poco de tus dones conmigo? ¿Por qué esa necedad cuando esta misma noche te pueden reclamar el alma? ¿Por qué atesoras tu cuerpo y sólo lo compartes con los que son como tú, fariseos hermosos cuya única virtud es ser iguales a los demás? Y la Bruja se conmovió y con lágrimas en su boca dio un beso dulce al enano y permitió que le chupara los párpados, y ninguna mueca de asco asomó a su rostro. El hombrecillo se desprendió de sus ropas que fueron a mezclarse con los caireles de Magdalena. Posó su cuerpo sobre el de ella, que musitó: “Vente pequeño, hazme el amor con esos estertores, humedéceme con tu saliva involuntaria, pierde la conciencia dentro de mí.” Las manos de ella tocaron la espalda informe del amante. Él la penetró con desesperación y con su pene, como no creyendo lo que sucedía. Y en ese instante ella exultó un ¡ah! entre placentero y doloroso. Ante las ondulaciones nerviosas que semejaban espasmos, ella resolvió abrazarlo con sus piernas y besarle la coronilla de la cabeza, pues la boca enana no llegaba hasta la suya. Mordió los cabellos hirsutos de él y contempló al crucificado, al amante vencido que presenciaba el espectáculo. Con un miedo real recorriéndome la espalda, me vine justo en el momento en que Cristo expiraba en la cruz diciendo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu.” Pero no se refería al señor de los cielos sino a su progenitor, a quien recordó en el último instante, como si la liberación hubiera de llegar para todos. Magdalena, por su parte, alcanzaba un orgasmo como cualquier otro, con golpes de pecho y el cuello enrojecido con las venas inflamadas. La misericordia le permitió hallar al amante perverso que tanto había esperado. Y lo abrazó con sus gemidos, y su colección de vejigas la apoyó en una sucesión de explosiones diminutas que le recordaron, con una sonrisa diáfana, las grupas rosadas de su madre: algo al fin había quedado resuelto.

Así estaba escrito, que Jesús padeciera y se levantara de entre los escombros de su amor inmenso para que el más diminuto de sus apóstoles predicara el evangelio de su nombre y todos supiéramos cómo llegó a ser el que es... «Vosotros sois testigos de estas cosas», y si no, leed el evangelio.

viernes, 23 de noviembre de 2007

En Salamina ya no pasa el tiempo

Bitácora de la escritura I: el tiempo
Leo en mi bitácora: “El tiempo es un instante suspendido entre dos nadas. Y entre un instante y otro no hay comunicación, transporte alguno.” Al retomar la escritura, sin embargo, tengo la impresión contraria, como si entre ese suceso y éste no hubiera separación alguna, como si representaran un solo movimiento, un solo gesto, un solo impulso, como si el alma se las arreglara para hacer tabula rasa de los lapsos que no necesitamos para tener una impresión de continuidad y permanencia. Pero, ¿cómo olvidar eso en lo que estoy pensando y que me asalta como un vacío? Trato de recordar qué hice mientras tanto: terminé de leer una novela, ayudé a mi hija con su tarea de ciencias, olvidé esta bitácora, al menos por unas horas. Tal parece que al asirnos a las cosas que consumamos con regularidad, es decir, a nuestros hábitos, el devenir encontrara apoyaturas para quedar fijado. Devenir fijado: suena paradójico. 


Mis cavilaciones me acompañan hasta la recámara donde mi amante duerme. Un deseo diferido resurge al contemplar su cuerpo acoplado con lasitud al edredón. Y aquí estoy, escribiendo, preparando un porvenir del que poco sé realmente... Visto así, el porvenir me resulta una perspectiva sin profundidad, no tiene en verdad el menor nexo sólido con lo real. ¿Y el pasado? “El pasado es en nosotros una voz que encontró eco.”[1] Nuestra costumbre es hacer que las cosas parezcan necesarias, aunque no estén.


¿Qué pasa con ese tiempo completo que sospecho alguna vez fue mío, pues sigo aquí, y por ello supongo que he durado? Un tiempo ido que ni siquiera recuerdo, y sólo permanece en mí como decrepitud, cansancio. La duración actúa como necesidad a fin de asumir nuestra permanencia. ¿Pero qué permanece? ¿La sustancia, este cuerpo fiel porque no puede ir a ninguna parte? ¿Es mi materia que soy lo que dura? ¿Y las ideas, las emociones, los amores perdidos, dónde quedaron si no son sustancias? La duración, al parecer, resulta otra manera de referirnos al cuerpo, mientras permanece.

No sé dónde pueda estar el tiempo completo. Al menos en mi conciencia no lo tengo. Unos cuantos instantes, incontrolables, son los únicos que han querido permanecer, los únicos que tengo o continúo sintiendo precisamente por lo que han dejado en mí. Esto debe ser sin duda el recuerdo: una acumulación de instantes que algún día representarán otro instante memorioso, relativo sólo a mí. Son las arbitrariedades de los instantes las que me van constituyendo. Presentes que no pasaron sino que yacen anclados, y que luego anudo a otros presentes igualmente anclados, hasta llegar a ser la suma de todos esos instantes memorables, realmente sentidos. No hay un ritmo temporal inquebrantable. Nuestro tiempo es un tiempo roto que huye hacia una nada que constantemente extraviamos, y que a veces deseamos reconstruir mediante un acto narrativo.

Esto es precisamente lo que hace Javier Cercas en Los soldados de Salamina: ejercitar la memoria, combinar recuerdos, aunque no sean los suyos. Lo cual nos lleva a otro problema: ¿cómo distinguir las pretensiones de verdad en un texto narrativo? Más aún, ¿cómo distinguir entre historia y ficción? Lo planteo pues con frecuencia este autor busca delimitar la frontera entre una y otra, no obstante que su propia obra resulte, paradójicamente, ambas cosas: historia y ficción. Se le oye decir, por ejemplo:
—Yo ya no escribo novelas. Además, esto no es una novela, sino una historia real.
Y poco después, refiriéndose a su relato, explica:
—Será como una novela. Sólo que en vez de ser todo mentira, todo es verdad.
Autor, narrador y personaje coinciden en la misma persona. Al final de la primera parte, insiste. Es el momento en que Cercas negocia un permiso con el director del periódico donde trabaja. El jefe, que conoce las aficiones literarias de su subordinado, repone irónico:
—¿Qué? ¿Otra novela?
—No —contesta él, satisfecho—. Un relato real.
Le explica qué es un relato real. También de qué va el suyo.
—Me gusta —dice entonces el director—. ¿Ya tienes título?
—Creo que sí —contesta Javier—. Soldados de Salamina.[2]

Mucho me habría gustado estar ahí para escuchar al autor exponer lo que es o no un relato real, y no tener que buscar, como ahora, pistas en su propia obra. La pregunta, por tanto, acerca de la verdad y la ficción sigue en pie. Pero antes debemos tratar de resolver el primer problema, el del tiempo, o al menos decir algo al respecto.

Para empezar, no nos preguntaremos qué es el tiempo a fin de no caer en aporías, para que no nos suceda lo mismo que a San Agustín, quien, como nosotros, sabe qué es el tiempo mientras no se inquiera sobre él. Nos preguntaremos algo menos elusivo: ¿qué tipo de realidad tiene para nosotros el tiempo? No se trata, por supuesto, de una pregunta abstracta sino de saber cómo nos afecta.

Según Gaston Bachelard, “el tiempo es una realidad afianzada en el instante y suspendida entre dos nadas. No hay duda de que el tiempo podrá renacer pero antes tendrá que morir. No podrá transportar su ser de uno a otro instante para hacer de él una duración. Ya el instante es soledad... Es la soledad más desnuda en su valor metafísico”.[3] Lo que se impone a la conciencia es la novedad, hostil, del instante desconocido, que nos arranca de esa plácida continuidad ignorada en la que vivimos y nos marca con su dramatismo. El tiempo es una discontinuidad esencial.

Sin embargo, Henri Bergson piensa que tenemos una experiencia íntima y directa de la duración. Según esto, el presente es una nada pura que ni siquiera logra separar realmente el pasado y el futuro. En efecto, parecería que el pasado llevara sus fuerzas al porvenir, y también parecería que el porvenir fuera necesario para dar salida a las fuerzas del pasado, y que un solo y único impulso vital solidarizara la duración. Finalmente, la filosofía bergsoniana reúne de manera indisoluble pasado y porvenir, y toma el tiempo en bloque. Lo que en realidad explica la vida no son los breves instantes sino la duración.[4] El instante es una falsa cesura, la separación entre pasado y porvenir resulta artificial, pues constituyen una indestructible unidad. Pero Bachelard sostiene que nuestra conciencia surge con mayor seguridad en los instantes creadores. “En el fondo de nosotros mismos —asegura—, donde la gratuidad posee un sentido tan claro, no captamos la causalidad que daría fuerza a la duración.”[5] La duración no tiene un carácter directo e inmediato. Sólo en el presente tenemos la sensación de existir, porque en él hay una identidad absoluta entre el instante y el sentimiento de vida.

Duración versus instante señala, por tanto, un dilema: ¿sentir o configurar? ¿Qué es más importante, la certeza del sentimiento o la del juicio? ¿Es la existencia un pathos o una racionalización? Primero es, creo, un sentimiento, una corporalidad, una emoción actual, incisiva. Y el pasado y el porvenir, ¿también son emociones patéticas? La duración es tan sólo un ente abstracto, un concepto: no la podemos sentir, únicamente conjeturar. El instante, en cambio, lleva toda la carga de un origen y de un fin. Es absoluto. Pero no porque sea algo que se sienta en todo momento. Se trata de un alto de la conciencia, de un acto fundacional. El dilema, nuevamente, es ver todo separado —el instante— o todo junto —la duración.

¿Qué somos cuando somos tiempo? ¿El reposo de una duración o la huida de un instante? ¿La promesa de una llegada o la falta de comienzo absoluto? ¿El hábito que se finca en nuestros recuerdos o la yuxtaposición eterna de fugacidades? La vida “encuentra su realidad primordial en un instante”[6]. La vida, cuando la mentamos así, como una generalidad, no es sino lo discontinuo de los actos, no una totalidad guardada definitivamente en la conciencia, sino los recuerdos breves, fortuitos, que a veces no sabemos ni porque están ni qué representa su sobrevivencia. Pero ahí están, hablándonos de algo que quiere ser un todo y no parece más que una acumulación de instantes sin ligadura.

La más terrible de nuestras certidumbres llega a ser una ignorancia esencial. Porque tenemos un origen buscamos un destino. Al menos eso creemos. Pero se nos niega la seguridad definitiva. Venimos al mundo a ser aleccionados acerca de la nada que nos forma. Llegamos a ser sujetos espirituales precisamente por nuestras ignorancias, y cuando creemos saber, de lo único que podemos estar seguros es de nuestro fracaso final. Descubrimos así la monotonía del destino con un regusto amargo de saber, como si el saber consistiera en un despecho.

Si nuestra realidad temporal es el instante, entonces es el azar y no la necesidad quien fragua nuestro destino. ¿Y qué es el destino sino el intento desesperado por ver retrospectivamente unidos, causalmente unidos, los acontecimientos pasados para luego suponer que lo mismo sucede con los futuros? ¿No resulta esto precisamente la duración? Tener destino es durar para algo: las causas finales, mitológicas, se apoderan de la conciencia en un intento delirante que ignora, muy convenientemente, los instantes fecundos personificados en las causas eficientes, únicas que en verdad quedan incorporadas al cuerpo durable. Así buscamos vencer al instante que nos dio origen: aquella pasión fortuita, un encuentro desafortunado, esa cópula incontrolable, en fin, algún momento perdido que nada tiene que ver con un supuesto destino o misión de grandeza.

¿Qué es el tiempo ahora mismo que escribo, sino esta cesura que con toda seguridad ya empiezo a olvidar? Momento autoconsciente pero carente de vínculos con el sustantivo elegido al comienzo de este ensayo. Lo que sí sé es que Soldados de Salamina tiene que ver con el azar y, por tanto, con unos cuantos instantes productivos. Lo explico de esta manera. Un día, Javier Cercas entrevistó al escritor Rafael Sánchez Ferlosio, quien le confesó algo sorprendente sobre su padre, el también escritor y principal falangista Rafael Sánchez Mazas, quien estuvo —asegura Ferlosio— a punto de ser fusilado por las fuerzas republicanas. Fue al final de la guerra, hacia finales de los treinta. Tras un año como refugiado en la embajada de Chile, Sánchez Mazas escapó de Madrid, al parecer con el propósito de llegar a Francia, pero lo detuvieron y llevaron a la prisión del Collell, donde lo «fusilaron». Se trató de un fusilamiento masivo. Mi padre —agrega Ferlosio— aprovechó la confusión de un instante para esconderse en el bosque. “Desde allí, refugiado en un agujero, oía los ladridos de los perros y los disparos y las voces de los milicianos, que lo buscaban sabiendo que no podían perder mucho tiempo buscándolo, porque los franquistas les pisaban los talones. En algún momento Sánchez Mazas oyó un ruido de ramas a su espalda, se dio vuelta y vio a un miliciano que le miraba. Entonces se oyó un grito: «¿Está por ahí?» Mi padre contaba que el miliciano se quedó mirándole unos segundos y que luego, sin dejar de mirarle, gritó: «¡Por aquí no hay nadie!», dio media vuelta y se fue.”[7]

Esta historia, hallada azarosamente, impresionó mucho a Javier Cercas. Desde que supo de ella no lo soltó hasta que, nueve años después, pudo terminar una novela —o relato real— con ella, relato cuya conclusión resultó también un lucimiento del azar. Tenía ya escritas las dos primeras partes pero las sentía inconclusas, cojas. Cierta ocasión, al entrevistar a otro escritor, esta vez el chileno Sergio Bolaño, encontró lo que faltaba. Bolaño le refirió la historia de un antiguo soldado de todas las guerras, un tal Miralles, a quien Sergio conoció en un sitio de descanso llamado Estrella de Mar, lugar donde el chileno trabajaba. Miralles, español de origen, había peleado del lado republicano y, lo mismo que el miliciano que le perdonó la vida a Sánchez Mazas, estuvo unos días en la prisión del Collell, por las mismas fechas. Oía y bailaba con la misma pasión el pasodoble tristísimo que un guardia bailara la víspera del fusilamiento, lo que llevó a Cercas a concebir la idea de que se trataba del mismo hombre. El héroe que andaba buscando para su novela había surgido de la nada, como la historia misma. Tras escuchar el relato y filosofar al respecto —pues “uno nunca encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega”—[8], algo en su interior le dijo que Miralles y el perdonavidas podrían ser la misma persona, el héroe de su novela. El azar desató la historia y ahora la anudaba. Sin embargo, no conforme con ello, a lo largo de toda la narración los hallazgos fortuitos van determinando el curso de los acontecimientos.[9] Desde luego, el azar, como los instantes, no son cosas que estén bajo nuestro control, no pensamos en ellos sino hasta que se vuelven necesarios, paradójicamente.

Para todo acontecimiento siempre existe la otra visión, el otro punto de vista. Así como aquí hemos planteado dos maneras de vivir el tiempo aparentemente contrapuestas, de la misma manera, mutatis mutandis, Javier Cercas nos cuenta la historia de un personaje olvidado, porque representa la cara que España quisiera olvidar de su historia reciente, la del franquismo. Desarticula con ello cualquier visión maniquea. Descubrimos a un Rafael Sánchez Mazas complejo, con virtudes y debilidades, buen escritor pero no excelente...

Este acto memorioso de Cercas repercute en al menos tres problemas filosóficos: el problema de la verdad histórica, el de las tradiciones literarias y el de la oposición entre literatura y vida. Al vindicar a un escritor falangista olvidado por la tradición, se la está reinventando, o al menos provocando. Lo que mueve a la provocación es la certidumbre problemática de que una cosa es la literatura y otra la vida: “se puede ser un buen escritor siendo pésima persona (o una persona que apoya y fomenta causas pésimas)”[10]. Por un lado, se ha insistido en ocultar una verdad histórica; por otro, queda al descubierto la arbitrariedad de las tradiciones literarias; y por último, ¿tiene la vida de un escritor algo que ver con su calidad literaria?

Saberse escritor es como saber el tiempo: una ausencia que no incomoda sino hasta que se plantea. Cercas vive este problema en su propia novela o relato real. Sabemos, por ejemplo, que el acto escritural resulta una obsesión ineludible, que se escribe para no morir del todo, que escribir implica investigar, que cuando se es escritor puede ser indigno hacer carrera literaria o política, que un buen periodista resulta siempre un buen escritor pero al revés no sucede lo mismo, que ser escritor de verdad, es desear por encima de todo terminar un libro.[11]

¿Para qué escribimos? Ésta parece, en definitiva, la pregunta más apremiante. La respuesta tiene que ver, una vez más, con el tiempo, con la vida. Escribimos para no morir del todo. Cuando la escritura es un acto memorioso llega a ser una manera de conservar vivo al otro. Pero también aferrarse a los recuerdos es una manera de continuar vivos nosotros. ¿Quién nos echará de menos? Finalmente, son las pequeñas cosas que dejan los instantes las que le dan sentido a la vida. ¿Cuál es ese detalle precario que en Soldados de Salamina viene a compendiar esta filosofía? Un baile. Ante la mirada fascinada de hombres que se están haciendo la guerra inútilmente. Un baile. Ante un voyeur indiscreto, pantomima que proclama la secreta alegría de saberse vivo a pesar de todo, y que resurge siempre en el momento en que algo debe darse por terminado. Un pasodoble muy triste y muy antiguo, dibujado bajo la luz de una marquesina de un rulot. O en el jardín de una prisión improvisada. Y entre uno y otro sesenta años de distancia. Dos instantes y un vacío largo que podrían permanecer en el recuerdo de todos... Si ello pasa, el escritor habrá cumplido una parte de su misión: la de descubrirnos los íntimos paralelismos entre las cosas, lo que yacía oculto en el vértigo de los instantes, la repetición donde se inventan los gestos que nos dan sentido y nos reconcilian con la perdurabilidad, con la duración entendida como la inercia universal del tiempo.


Bitácora de la escritura II: el mito
Leo en mi bitácora: “¿Coincide nuestra condición histórica con nuestra condición temporal? ¿Pensarnos como sujetos históricos es lo mismo que pensarnos como sujetos temporales?” Según Paul Ricouer,[12] el tiempo se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo.

La experiencia humana es de carácter temporal, pero precisa del espacio para anclarse sicológicamente.[13] Siempre que reflexionamos sobre el tiempo en términos teoréticos, tropezamos con caminos cerrados, con aporías aparentemente insolubles. A pesar de ello, hablamos de él como algo familiar: lo medimos, lo comparamos, lo sentimos, está ubicado, tiene sus amarres en la psique, sus fosrmas de normalizar las cosas. Si bien resulta imposible seguir y tocar esa corriente uniforme que parece la duración, todos poseemos una cronología, somos algo, al menos el cuadro sinóptico de nuestras mejores y peores coexistencias, cada una de ellas desconectada, desde luego, del «flujo» temporal. Y sin embargo, duramos, inventamos un tiempo completo para alojar nuestra cronología. La duración nos transforma, así, en sujetos de ficción.

El tiempo posee una dimensión instantánea, sin entramado posible, y otra dimensión fictiva, en la que configuramos nuestra historicidad, en la que duramos. Entre ambas dimensiones existe un vínculo de complementación y rechazo, un vínculo aporético. Cuando nuestros hábitos o impaciencias alargan las horas o cuando la alegría acorta los minutos, es decir, cuando estamos sintiendo el tiempo, la vida impersonal, la de los otros, el entramado de las coincidencias, nos reintegra a la «justa» apreciación de lo que fluye, que de esta manera encuentra su solución mimética. Se trata de pensar, por tanto, en cómo se refuerza la ficcionalidad que nos apacigua como entes durables, la tramática de la temporalidad. Para perfilar esta reflexión resultan oportunas las nociones de trama, mímesis y mythos.

El concepto aristotélico para trama es mythos, que representa el acto configurativo-verbal en el cual la experiencia viva del tiempo halla una salida, un rodeo mimético, donde mímesis no significa normalizar, tampoco quiere decir copiar la realidad, sino imitarla creativamente. Lo poiético de esta clase de imitación consiste en su capacidad para urdir tramas, es decir, para disponer los hechos alterando —por lo regular— el orden cronológico en función de un orden lógico. Esta definición de mythos “como disposición de los hechos subraya, en primer lugar, la concordancia. Y esta concordancia se caracteriza por tres rasgos: plenitud, totalidad y extensión apropiada”.[14] Un todo, dice Aristóteles, es lo que tiene principio, medio y fin. Sólo en virtud de la composición poética los hechos adquieren estos valores. Una sucesión parece inevitable por la necesidad que los acontecimientos tienen dentro de ella. La sucesión se subordina a la conexión causal de la trama, y las ideas de comienzo, medio y fin son efectos de esta ordenación. En el tiempo de la obra, además, hay un límite, una extensión marcada por la transición del infortunio a la dicha, o viceversa. No hay vacíos, todo tiene una necesidad. La trama es la condición temporal de la obra, de la narratividad, una temporalidad configurada que aprendemos, deducimos, reconocemos formalmente.

Hasta aquí mythos y tragedia parecen esencialmente lo mismo, pero existe una diferencia. El mythos incluye todo lo narrativo. Lo podemos ver en esos dos momentos fundamentales de la trama que son el cambio de fortuna o peripecia y el reconocimiento o anagnórisis. “¿No intentan también los historiadores poner lucidez donde hay perplejidad? [...]¿No tiene, en definitiva, cualquier historia narrada algo que ver con reveses de la fortuna, tanto para mejor como para peor?”[15] Pregunta que nos lleva a plantear un asunto más fundamental: ¿no debe ser considerada nuestra propia vida una historia en este mismo sentido? ¿No tiene que ver esta conjunción de peripecias y reconocimientos con un estigma ontológico, más o menos consciente, más o menos dramático, y más que resultar una característica evidente de la tragedia, y de la historia, es la tragedia misma, lo que hace posible nuestro devenir espiritual? Si es así, lo narrado no es más que una reproducción de algo mucho más profundo, que tiene que ver con cierta pre-comprensión del destino, de la vida, con esa búsqueda de plenitud prefigurada en nuestra condición aporética, y que luego, al ensayarla poiéticamente, la hacemos consciente e intentamos dominarla.

¿Qué pasa, por ejemplo, con las contingencias que preservamos como instantes? Tal vez no tengan un antecedente tramático pero sí tienen un valor temporal sub specie aeternitatis, un valor desde la perspectiva del todo que es la vida. Y entonces también ella —lo ha dicho Joseph Cambell[16]— parece un relato dramático donde los acontecimientos primordiales —por lo demás, altamente ritualizados— llegan a ser momentos claves de la trama, una trama interior de un drama personal. Si esto sucede, entonces siempre hemos comprendido el tiempo, este tiempo narrado donde los instantes representan la aportación que la existencia le hace al espíritu, y de muchos modos también una poiesis existencial.

Tal vez esto sea lo que tiene en mente Javier Cercas al incluirse como personaje de su propia novela y, no obstante, buscar un héroe. Porque héroes podríamos ser todos, pero sólo los auténticos ostentan esa combinación de locura, insensatez e instinto ciego para las grandes hazañas, hazañas que obviamente deben estar marcadas por un sino trágico, novelesco. El gran descubrimiento —llamémosle configurativo o formal, porque es algo que cada ser humano encuentra por distintos caminos, sobre todo hacia el final de su vida—, el gran hallazgo de Cercas es que, buscando héroe encontró tácitamente que todos lo somos un poco, aunque al final también seremos olvidados. A menos que alguien nos rescate de nuestra ignominia, bien porque nos recuerda, bien por el acto memorioso que representan los relatos, reales o fictivos. Uno persigue algo y la realidad siempre le entrega otra cosa. Lo importante, desde luego, es perseguir. ¿Qué son si no los soldados de Salamina? Perseguidores anónimos en los que ya no pasa el tiempo, esos eternos desconocidos que al final terminaremos siendo todos. ¿Dónde están, por ejemplo, los esclavos que ayudaron a Temístocles a combatir a los persas en la vieja batalla de Salamina? ¿Dónde están todos los muertos de España que combatieron esta otra batalla? Por lo menos Cercas, al narrar a Sánchez Mazas, a Miralles, ya se narró a sí mismo...

La trama, por tanto, hace inteligible la totalidad: cada acontecimiento está en relación con el todo y viceversa; cada pensamiento, cada atmósfera, cada detalle o peripecia, cada frase narrativa —siempre reescribible en función del todo— es causa y efecto de la configuración mítica. Únicamente falta preguntarnos de qué manera trama[17] Javier Cercas su relato. Nuestra hipótesis es que lo hace respondiendo a tres preguntas básicas para cualquier indagación histórica,[18] y que corresponden a cada uno de los capítulos: ¿qué? ¿cómo? ¿quién? El qué es el fusilamiento de Sánchez Mazas. El cómo, su salvación. El quién, inquiere por el héroe perdonavidas. El qué escamotea el cómo; el cómo escamotea el quién; el quién resulta demasiado elusivo y terminará por perfilar un porqué, lo cual consolida, después de todo, una búsqueda de carácter filosófico.

Soldados de Salamina gira en torno a este hecho singular: un hombre ha logrado salvar su vida gracias a la magnanimidad insospechada de un desconocido que tenía como misión acribillarlo. Los datos reveladores brotan aquí y allá para darle un nuevo cariz a esta verdad, y nos acometen usando siempre como estrategia la repetición no reiterativa sino detallante. El papel del narrador consiste en ir restaurando —a partir de los testimonios—, en ir completando el rompecabezas a base de lógica “y un poco de imaginación”.[19] Los detalles que al principio carecen de importancia, más tarde revelarán su función tramática. Tal es el caso, por ejemplo, del pasodoble tristísimo. O de la libreta que Rafael Sánchez Mazas garabateó durante su odisea en el bosque con la intención de que, al releerla, pudiese recordar la deuda de gratitud que lo ataba a quienes lo ayudaron a sobrevivir. Cuando, sesenta años después, Cercas tiene en sus manos esta libreta, le faltan las primeras hojas. ¿En qué momento y por qué fueron arrancadas? ¿Existieron? La respuesta no la conoceremos sino hasta la segunda parte... El franquismo ha triunfado. Muchos jóvenes han sido encarcelados por sus presuntos nexos con el ejército republicano. Uno de los amigos del bosque está en prisión, pero su padre, que tuvo el cuidado de guardar la libreta, se dispone a usarla, pero no toda, sólo una hoja, por si el ahora flamante ministro sin cartera se niega a cumplir su promesa... La hoja le hiere la mano y se le desbarata en el bolsillo de su chaqueta. No obstante, no ha sido necesario usarla: ha salido de la oficina de Sánchez Mazas con la promesa de que cuando vuelva a casa, su hijo ya estará de regreso.[20]

Los acontecimientos suceden en el tiempo, un tiempo bergsoniano de la sucesión y la duración. Lo que permite la trama es hacer tabula rasa de los huecos entre acontecimientos singulares, e inclusive desechar los que no vienen al caso, a fin de unir, según cierta conexión lógica, incidentes que de otra manera permanecerían inconexos. Lo que podríamos poner en duda, en términos sicológicos y epistemológicos, es la realidad misma de la causalidad. ¿Están los hechos realmente conectados? Tal conexión, si existe, no es algo que podamos sentir, no constituye una certeza espiritual —o de la conciencia—, y por ello simboliza un acto poético más que gnoseológico. Nietzsche sostiene que lo decisivo siempre surge «a pesar de».[21]¿A qué tanta configuración, entonces? “Todo acontece de manera involuntaria [...] todas las cosas acuden acariciadoras a tu discurso y te halagan: pues quieren cabalgar sobre tu espalda [...] todo quiere hacerse aquí palabra, todo devenir quiere aprender a hablar de mí.”[22] La libertad consiste en tener conciencia de la necesidad, y dilapidarlas: tanto la libertad como la necesidad. Configuramos para ponernos en el centro, para hablar de nosotros y decir muy, pero muy poco de lo que quisiéramos saber.

La historia es lo total donde cada parte resulta necesaria; el acontecimiento es lo aislado, lo no-total e inconexo. Lo que hace la trama es fabricarle su necesidad, inyectarle causalidad, meterlo en la concordancia de las causas y efectos. Así convertimos el azar en algo necesario, y con ello sentimos, tal vez, que nosotros mismos somos, en la vida, un poco necesarios. La necesidad no es un constructo —continúa diciendo Nietzsche— sino algo que se nos impone a pesar de todo. Lo decisivo ha de suceder y nada podemos inventar. El inconveniente —quizás acepte Nietzsche— es que en la vida no sabemos cuándo ni qué pueda ser lo decisivo, y si llegamos a saberlo resulta demasiado tarde, ya no lo podemos cambiar y mucho menos combatir, pues sería como combatir fantasmas. Ser libres, en este sentido es una acto de auto-afirmación poderosa, activa, egopáthica.

“Continuar la historia —expone Paul Ricouer— es avanzar en medio de contingencias y de peripecias bajo la égida de la espera, que halla su cumplimiento en la conclusión. [...] Comprender la historia es comprender cómo y por qué los sucesivos episodios han llevado a esta conclusión, lo cual, lejos de ser previsible, debe ser, en último análisis aceptable.”[23] Pero, ¿no es acaso lo que hacemos en todo instante con la vida, que lejos de ser previsible deseamos que sea aceptable, para que cada cosa hecha y vivida tenga un poco de verdad, y nada resulte, después de todo, inservible? ¡Eureka! Configurar es dar sentido, pues es lo más deseable, siempre.
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Se trata, con la trama, de convertir el tiempo en causalidad, de reducirlo a las conexiones entre las cosas, aunque en el fondo un vago desasosiego permanezca inexpugnable. Aparentemente vencemos. Se trata de un «triunfo» de la inteligibilidad pero no del sentimiento... Las aporías del tiempo encuentran su destino productivo, pero sólo mientras tanto, hasta que no nos asalten nuevamente con su furia renovada...

Bibliografía

Bachelard, Gaston. La intuición del instante, FCE, México, 2000. (Breviarios, 435)
-------------------- La poética del espacio, FCE, México, 1983. (Breviarios, 183)
Cambell, Joseph. El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, FCE, México, 1998.
Cercas, Javier. Los soldados de Salamina, Tusquets, Barcelona, 2001.
Nietzsche, Federico. Ecce homo, Alianza Editorial, Madrid.
Ricouer, Paul. Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico, t. I, México, Siglo XXI, 2000.
-------------------- Relato: historia y ficción, Dosfilos Editores, Zacatecas, México, 1994.


[1] Gaston Bachelard, La intuición del instante, FCE, México, 2000, p. 50. (Breviarios, 435)
[2] Javier Cercas, Los soldados de Salamina, Tusquets, Barcelona, 2001. Las referencias provienen, sucesivamente, de las siguientes páginas: 37, 68 y 74. He adaptado la narración a mi texto.
[3] La intuición del instante, op. cit., p. 11.
[4] Cf. ibid., pp. 14-15.
[5] Ibid., pp. 16-17.
[6] Ibid., p. 20.
[7] Soldados de Salamina, op. cit., p. 20. Cita adaptada a este ensayo.
[8] Ibid., p. 165.
[9] En la página 27 aparece un historiador que le escribe a Cercas para decirle que habían sido dos los sobrevivientes del fusilamiento, lo cual acrecienta el prurito por saber qué había ocurrido aquella tarde en el bosque; en la página 40 aparece este historiador dando nuevas pistas; en la 42, Cercas averigua, por azar, que Sánchez Mazas había dejado una grabación con la historia de su fusilamiento; en la 56, se entera de que aún no ha muerto uno de los amigos del bosque que ayudaron a sobrevivir a Sánchez Mazas; por si fuera poco, en la 145 el director del periódico le propone a Cercas que, con el fin de airearse un poco, mejor haga una serie de entrevistas a personajes de algún relieve, actividad que lo llevará hasta Bolaño...
[10] Ibid., p. 22.
[11] V. ibid., pp. 50, 53, 65, 137, 151 y 170.
[12] Paul Ricouer, Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico, T. I, México, Siglo xxi, 2000.
[13] Aquí se abre una nueva problemática: ¿qué tiene que ver la experiencia del tiempo con la experiencia del espacio?, ¿cómo arraigan los instantes en la memoria? En La poética del espacio (FCE, México, 1983), Gaston Bachelard sostiene que nuestros recuerdos poseen una sustancia espacial, están alojados, el alma es una morada, “al acordarnos de las «casas», de los «cuartos», aprendemos a «morar» en nosotros mismos”. (p. 29)
[14] Paul Ricouer, op. cit., p. 92.
[15] Ibid., p. 100.
[16] Joseph Cambell, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, FCE, México, 1998.
[17] Tómese como verbo transitivo.
[18] Ricouer distingue entre historia como relato (story) e historia como ciencia (history). Considero que estas tres preguntas tienen que ver más con la segunda acepción, sin embargo, todo relato tramático las implica, y la novela no es la excepción. V. Paul Ricouer, Relato: historia y ficción, Dosfilos Editores, Zacatecas, México, 1998.
[19] Cf. Soldados de Salamina, pp. 36, 71.
[20] Ibid., p. 78.
[21] Federico Nietzsche, Ecce homo, Alianza Editorial, Madrid, p. 95.
[22] Ibid., p. 98.
[23] Paul Ricoeur, Tiempo y narración, p. 134.